De Gamonal y la Libertad

 

Por Juan Vallejo

A lo largo de mi vida, enfilando el horizonte por donde los ocasos suelen hurgar los tiempos pasados, he conocido a mujeres y hombres luchadores por los que la dignidad formaba parte de su apellido. Unos cayeron en la lucha, otros sobreviven; algunos son paradigma de la libertad, de la contumacia en esto de ser libres, de manifestar su parecer en los foros que fuere necesario, de actuar consecuentemente con la idea de ser seres válidos en esto de la democracia. Pero casi siempre, obviamos ( entono el mea culpa ) la presencia de la mujer.

 Viene esto a cuento, por los sucesivos trabajos que he venido editando en el Correo de Burgos en los meses de enero y febrero a consecuencia de los sucesos de Gamonal, que si me lo permiten, llamaré la lucha de todo un barrio por desvelar la corrupción que ha asolado dicho barrio desde que hace sesenta años, se anexionara a la ciudad de Burgos, en un infausto cambalache por el cual, el generoso pueblo de Gamonal de Río Pico, firmó la noche más negra de la infamia.

 Comentaba no hace mucho en este mismo foro, cómo las mujeres del pueblo de Gamonal, después las que se avecinaron en la Barriada de la Inmaculada, lavaban las ropas de los “bonitos” que venían al Aereodrómo militar de Villafría, Milicias Aéreas Universitarias, MAU. También apuntaba la actitud de las jovencitas respecto de aquellos figurines que merodeaban en torno al Espolón, el Casino y las cafeterías Pinedo, Viena, Rhin, Osaka, Tudanca y por supuesto, el Salón de Recreo, lugar en donde se vestía de largo a las mocitas preclaras de la alta alcurnia de la Prima Voce et Fide.

Y decía que miraban idiotizadas a aquellos talentos que estiraban sus uniformes por debajo de los plátanos de sombra que tantos desfiles anudaron en sus injertos desde que la República fue reventada por el dictador Franco. Y esto me ha valido algún reproche. Nada más lejos de mi ánimo que denostar a mis paisanas, alguna de las cuales, precisamente de Gamonal, tomó matrimonio con uno de estos “milicianos”, lo que quiere decir que sus encantos y naturaleza prendaron al militar, el cual acudía todos los veranos a Gamonal a casa de los suegros, el primer caserón que existía a la vera de la Iglesia, propiedad de Anastasio, padre de la moza.

Conocido por el apodo del Chato, era un hombre guasón, de enorme corpulencia, ataviado con un blusón negro y una boina que permanecía en su rasurada cabeza todo el año, y su eterno cigarrillo de cuarterón, liado con sus enormes manos que pendía entre las costuras de sus labios. Su menester era el de curtidor de pieles; también sus hermanos, Lucio y Eugenio; posteriormente sus hijos. Inconfundible el olor a las pieles cuando pasábamos los chavales camino de los Huertos que estiraban su verdor a la vera del templo y del citado caserón. Siempre que había que desollar un cordero, cosa frecuente en las festividades de Candelas y San Antón, por Navidad, etc, se le llamaba al Chato o a alguno de los hermanos, que te daban dos pesetas por la piel del animal.

Pero, al hilo de la abnegación, que en otra ocasión comentaba en el Correo de Burgos, de las mujeres de Gamonal, ( entiendo por mujeres Gamonal todas las que habitaron el pueblo y las barriadas que fueron edificándose después de la fusión con Burgos ) nuestras abuelas, madres, bisabuelas, hermanas…diré que no sólo rompían el hielo del río Pico para descubrir el agua en donde restregar los buzos de trabajo de los hombres, las batas y prendas de la familia con jabón hecho con sebo que se procuraba en la carnicería de la señora Luisa o de la señora Eladia en la taberna del pueblo, antes de que el jabón Lagarto mordiera la suciedad del campo o la fábrica, porque en Gamonal ya había alguna fábrica como las de Loste y Campofrío, la Azucarera del Arlanzón, en la carretera de Logroño, ahora avenida de la Constitución. O en los Parques de automóviles del Ejército, el Dos de Mayo o la academia de Ingenieros.

Acarreaban las cosechas de los campos aledaños al pueblo: la Vega que se extendía hasta Capiscol desde los huertos, a la vera de la Iglesia la Real y Antigua, y los campos que cruzaba el camino de Capiscol. Trillaban en la era del pueblo, ahora Barriada de la Inmaculada; aventaban y molían, cocían el pan en el horno de Honorato y Domingo Rupelo, hasta hace poco obrando hogazas y buen pan la tercera generación. La matanza en el duro invierno al calor del fogón, era adobada y curtida por las mujeres de Gamonal en una dura posguerra. Y el agua, trasegada desde la fuente brotada en 1929, simultáneamente al venero inagotable del Pozo del pueblo, el de Timoteo que decíamos por hallarse éste a la vera del bar que aún lleva su nombre. Los partos que asistía la señora Ángela, la única matrona que había en Gamonal. A mi me trajo a la luz un 28 de junio de 1949. Mi padre estaba pescando en el Vena, el río que atraviesa la Casa de la Vega, le fueron a buscar y en un pis pas se presentó al alumbramiento en el caserón de la calle Vitoria. La casa de la Vega era un robledal inolvidable que fue engullido por las industrias de Campofrío, Coprasa, Quesos Angulo…

Y el carbón que transportaban en carromatos y en calderos, el cual recogían en las faldas de la vía del tren a su paso por la Vega, por la alfalfa del Boldres: desde el Silo de Capiscol hasta la curva que emprendía el camino de Villafría. No había labor que no tuviera como protagonista a la mujer, a la abuela, a la madre. Cuando las fábricas aludidas abrieron sus máquinas al género femenino, la tarea de la casa quedaba relegada a las mayores. Todo ello en un escenario por el que la Guerra Civil había dibujado su deletéreo paisaje, llenando de luto y silencio el interior de las casas, no fuera que alguien acudiera con el cuento a don Fermín, el cura de Gamonal, o a don Emilio, el último arciprestazgo antes de la donación del pueblo y sus terrenos al ingrato consistorio de Burgos, cuya sangría de todos es conocida y que, recientemente, ha tratado de hincar su codicia a través de los delincuentes de la construcción habituales: Méndez y compañía, sobre la entraña del pueblo, en su arteria principal, la calle de Vitoria, bajo el señuelo de un bulevard por el que deviniera no sólo la ambición desmedida, sino la trampa saducea para especular aparcamientos y desterrar al obrero, como siempre, a los barbechos. Gracias a los vecinos del barrio se impidió el desmán, el capricho de un alcalde dictador que ejerce su edilato a la voz de su amo, la sinfonía de la codicia que tañen toda la caterva de infames ediles que le acompañan.

Estas mujeres, cuyo luto impregnado en echarpes, toquillas y sayones, velos y pañuelos, eran las protagonistas del duelo silente a veces camino de la iglesia, las más entre el fuego hogareño; otras tantas en los ritos de Todos los Santos en el cementerio que estaba tras la iglesia. Pero era el silencio el aliado impertérrito de su sufrimiento.

Jamás olvidaré el entierro de Alfonsito, seis años, envenenado por ingerir setas venenosas. Llevamos el blanco ataúd con cintas de colores colgando de la caja, los compañeros de la escuela de párvulos, al lado de su casa. Todavía existen tras la Cofradía de san Antón. Imposible desterrar la imagen de su madre, de su hermana, eso que han pasado sesenta años.

Pero si hay algo que me resulta depredador es la imagen del buen Chacón. Chacón era un hombre que vivía en la primera manzana de la Barriada de la Inmaculada. Inconfundible, por su voz ronca y potente, la cara picada de cicatrices de viruela, llena de hoyuelos, rostro cetrino.

Rifaba pollos enormes por los bares de Gamonal, a veces le acompañaba alguno de sus hijos.

De bar en bar, con su cantinela y los capones cacareando, repartía las tiras numeradas entre el frío y la nieve por las calles y las tabernas. Y al buen Chacón, cada vez que se acercaba Franco a Burgos o cruzaba la calle Vitoria camino de su veraneo a San Sebastián, la Guardia Civil se lo llevaba al penal. Allí lo tenía preso hasta que el dictador se fuera. Era comunista, decían. Yo creo que no. Pero el espectáculo que ofrecía la pareja de tricornios llevándole preso, desde la puerta de su casa hasta el autobús, que entonces paraba enfrente del Ayuntamiento, era de lo más bochornoso. Ni que decir tiene que los rostros del su mujer, de su hija Marta, de sus chavales, quedaban expuestos a la indignación de la gente que conocía a este hombre honesto.

Aunque en la escuela de don José Bernal Sedano, don Luis y don Godofredo, nos obligaban a ingerir la leche en polvo que nos mandaban los americanos a los desnutridos españolitos, junto al queso enlatado, en los hogares de Gamonal no faltaba comida. Batir los grumos de aquel polvo lácteo, era tarea imposible por mucho que calentáramos el agua en la estufa de serrín. Se cocía en muchas casas, en el horno de Rupelo como he dicho, también en la otra panadería, la de Florencio López, enfrente de la iglesia, al lado del bar de Timoteo. La matanza y las huertas, aportaban durante el año el alimento necesario, que complementaban con las cartillas de racionamiento nuestros padres durante la infancia.

Pero la sombra de los depredadores es largada. De ello son conscientes los movimientos de jóvenes que han hecho a través de las plataformas y asambleas su honor, el que no tienen los caciques que desguazan Burgos para su provecho y el de sus secuaces. En ellos está la Fuerza Gamonal, un aire fresco que despeja la abulia de tanta mediocridad, la que traza contubernios con los palafreneros de la camera regia.

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  1. Esther Bajo

    Lo que más me gusta de la lectura de éste y otros textos similares que leo de Juan Vallejo es que, constantemente, se me aparecen en la cabeza imágenes de sus cuadros. Esas mujeres de pañuelo negro, por ejemplo… Si la pintura es expresionista, los textos son realmente expresivos y, obviamente, esos personajes que, desde su humildad, se han hecho anónimos protagonistas de la Historia, son una fuente de inspiración que marca una de las características más importantes de su obra: la importancia del ser humano. Es reconfortante (y el mundo se ha hecho tan inhóspito que sentirse reconfortado y no meramente conformado es de lo más gratificante) que la ciudadanía vuelva a hacerse protagonista y dueña de la calle robada. Gracias, Juan, por compartir tu talento literario además del artístico, ambos creados con tanta honestidad.

  2. José Antonio Sierra

    Muy buen arículo, de nuevo. Fijar la memoria del pasado es esencial para construir una identidad. Debiéramos aportar y conservar todo este valioso patrimonio antes de que se borre definitivamente. Sería muy positivo recoger todo este material en algún libro, ilustrado a ser posible, que desgrane el devenir de Gamonal de río Pico en la memoria de quienes lo vivieron. De Burgos ya hay unas cuantas publicaciones por el estilo pero me falta alguna que recoja este riquísimo acerbo, que corre gran peligro de perderse para siempre, justo lo que quieren los depredadores para los que Gamonal siempre ha sido la materia prima para su codicia, un pliego en blanco donde dar rienda suelta a su avaricia criminal.

  3. Anónimo

    Un artículo muy gráfico donde es fácil imaginar cómo transcurría la vida en el pueblo de Gamonal. Una memoria privilegiada la de Juan Vallejo para relatarla. Me ha gustado mucho.

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